La buhardilla de Chamartín




19.4.06

Stop

calma

Hace un año, cuando todavía vivía en Zaragoza, una amiga que vino a visitarme, me decía que le gustaba la ciudad, sobretodo porque era imposible dispersarse, era una ciudad que invitaba al recogimiento.
Entonces, creí comprenderla, pero me pareció que no más que en otras ciudades, quizá por tener bastante olvidada Barcelona, no encontraba del todo la diferencia.

Ahora que estoy aquí, en Madrid, desde hace un par de meses, me doy cuenta de que no he parado de correr, de un sitio para otro, desde que llegué.

Sin tiempo para sentarme a escribir, en la Buhardilla, un ratito.

Sin tiempo para la melancolía, o para tumbarme en la cama con las piernas en alto, a ver pasar las horas.

Sin tiempo para dormir, como hacía en Zaragoza, hasta oír las campanadas de la Basílica del Pilar.

En la Buhardilla no se oyen campanas, ni vecinos, ni perros.

En la Buhardilla no se oye un alma, hasta que yo despierto, y la lleno de música.

Por eso hoy, aunque es tarde, se me hace tarde, y todavía no he empezado siquiera mi maratón diaria.

Hoy decido pararme aquí. Recuperar mi ritmo.

Aunque me sienta más pequeña en esta ciudad tan grande.

No es necesario correr, sólo me lo parecía.