La buhardilla de Chamartín




29.6.06

Ciudad Condal



Parecía que la maleta se había roto. El mango estaba atascado.
Parecía también que (como yo creía) cuando estaba en Barcelona, todo volvía a salirme mal.
Mis deseos de pasear se fueron al traste.
Arrastraba como podía la maleta, con el mango totalmente bajado (atascado) mientras maldecía entre dientes mi mala suerte.
De vez en cuando las ruedas, mal conducidas, perdían el rumbo y me raspaban los pies.
Miré las finas tiras doradas de mis sandalias, que tan baratas me habían costado, y temí seriamente que se rompieran, como confirmación de que la catástrofe barcelonina siempre tiende a continuar.

La rabia se iba apoderando de mí y aumentando con cada tropiezo, con el calor cada vez más sofocante, con el desagradable contacto entre mi espalda cubierta de sudor, y la camiseta demasiado ajustada que había elegido esa mañana erróneamente.

Como digo, la rabia crecía y crecía, y yo no dejaba de cagarme en todo, cada vez más fuerte, por no ser capaz de arreglar el dichoso mango de la maleta.

¿Por qué no podía? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Me preguntaba mentalmente sin cesar. Había ya tirado hacia arriba con todas mis fuerzas, aunque en el fondo siempre con un poco de miedo, intentando evitar un destrozo todavía mayor.

Pasados 20 minutos de andar desquiciado y arrastre incontrolado, mi cerebro dejó de atender a razones y en medio del Paseo de Gracia, en pleno ataque de cólera, tiré del mango de la maleta tan fuerte que casi me caigo de culo.

En primer lugar por la fuerza bruta del impulso, y después por la increíble sorpresa de ver que lo había conseguido ¡Había arreglado el dichoso mango de la maleta!

En ese momento me sentí desfallecer, el calor debía haberme bajado la tensión hasta los pies. Busqué el primer banco a la sombra más cercano y lo encontré en la Gran Vía, frente a unos multicines de los que nunca recuerdo el nombre.

Allí me senté. Entonces sentí un alivio tan grande, tan inmenso, que por fin me puse a llorar. Y lloré, en silencio, sin pausa, sin pensar en el tiempo. Lloré sin saber donde estaba, ni quien era, sin sentir nada, sólo el llanto. Lloré como nunca.

La maleta descansaba a mi lado, con su mango perfectamente estirado, sin muestras aparentes de ningún atasco.

¡Cuanto me desahogué gracias a esa maleta!

Hasta que punto necesitaba llorar y no quería verlo.

Cuantas cosas alcancé a comprender, a partir de ese preciso instante...

18.6.06

Magerit



Para celebrar que ya somos madrileños, o al menos que ya consta en el registro, decidimos ir a pasear, junto a la orilla del Manzanares.

No es casualidad, que acabáramos de conocer que la palabra Madrid, debe su denominación al nombre árabe de Magerit (madre de las aguas).

Pero en Madrid las aguas, se encuentran tan escondidas...

Eso sí, nos dimos un buen baño, de polvo, arena y barro. Tengo entendido que incluso hay gente, que regularmente, paga por ello.

Afortunada que es una.

12.6.06

O como se diría vulgarmente: Tengo la picha hecha un lío.



Es gracioso, en cuatro días, haciendo el mismo camino, ya me había formado una rutina.
Como no soporto la rutina, al quinto día, me puse a buscar, por todos los rincones, el momento especial, el objeto fuera de lugar, que me sacara de ella.

Pero que no me sacara para siempre. La rutina es cómoda.

Como ese coche antiguo, que pertenece al pasado. Consiguió que por un instante, tomara consciencia de donde estaba, y en que momento.


De repente un día, me quedé sin trabajo (de nuevo), y la rutina desapareció por completo.

Y por momentos me siento realmente bien, como nunca, libre, realizada, completa, orgullosa de mi valentía.
Son agradables, esos momentos.
También hay ocasiones, sobretodo en contacto con otros, en que me avergüenzo, de mi actitud infantil. No sé por qué absurda razón, siempre me parece que los demás, son más adultos que yo.
A los 18 era comprensible ¡Pero a los 30!

En esos momentos de inseguridad, me gustaría tener una etiqueta, para mostrar al mundo.

Soy esto (léase, la etiqueta). Ahora dejarme tranquila.

Pero cuando me siento fuerte. Ay, cuando me siento fuerte... entonces me alegro, secretamente, por mantenerme indescriptible.

11.6.06

Quedó su hueco en la estantería



Hacía unos minutos que estábamos despiertos, pero todavía no nos habíamos movido de la cama, perezosos, cuando escuchamos un fuerte aleteo, y un golpe, estrepitoso.

¡Ha entrado una Paloma en casa! Grité. Y nos levantamos de un salto, como si en nuestro comedor acabara de aparecer el mismísimo diablo.

Ni rastro del pájaro en la primera inspección, sólo, eso sí, una pequeña cagada en el suelo, reciente y amenazante, que hizo que mi corazón empezara a palpitar a mil por hora.

¿Se habrá ido? ¡No, mira, está ahí!

Efectivamente, ahí estaba, sentada en la estantería, entre las películas, como cuando E.T. intentaba camuflarse entre unos peluches, protagonizando uno de los momentos más surrealistas, que he vivido, hasta ahora.

Al volverla a mirar, sin llegar a entenderlo, sentí ganas de gritar, y de llorar a la vez. ¡Una paloma en mi casa! No podía creerlo, ni tampoco controlar el miedo, que me iba subiendo caliente, por el estómago.

La asustaste con una palmada, y la paloma voló, hacía la ventana, pero no calculó bien la distancia, y se golpeó contra la pared. Parecía que estaba atrapada en el hierro de la cortina, aturdida, y en ese momento, pensé que si se partía un ala, delante mío, seguramente iba a desmayarme.

Todavía tuvimos que presenciar unos aleteos más, golpes de una pared a otra, ninguno de los dos estábamos dispuestos a tocarla, así que la situación empezaba a ser desesperante.

Por suerte habíamos encerrado a tiempo a la mona-pantera en la habitación, porque si no, el desastre, habría alcanzado proporciones insospechadas.

Se me ocurrió ir a picar a la vecina, para que nos ayudara a sacarla de casa, ella tiene varios pájaros, y mucha mano con los animales. Pero, como era de esperar, no contestó al timbre. No estaba en casa.

Cuando volví, y te lo dije, la Paloma seguía allí. Le acercaste el palo de la escoba, y volvió a volar en círculos sobre nuestras cabezas (que escalofríos al sentir cerca el batir de sus alas) y cayó entre el hueco de la pared y la pecera. En medio de una decena de cables.

¡Justo donde no quería que se pusiera! Gritaste. Y yo también grité de nuevo, aterrada, pensando que no iba a poder dormir nunca más en la buhardilla, donde había muerto una paloma electrocutada.

Te acercaste de nuevo con la escoba, pero con más suavidad. Sube bonita, le dijiste, y sorprendentemente, la paloma se posó en el palo, como aceptando tu ayuda, para escapar.

Parecía que lo ibas a conseguir, pero cayó a medio camino hacía la ventana.

Se quedó quieta en el suelo, mirándote, y me pediste que acercara un trapo.

Yo te obedecí, nerviosa, pero a la vez, presintiendo, que una vez más, ibas a salvarme. Y en efecto, así fue.

Cogiste la paloma con el trapo, y ella no puso resistencia. No me dio miedo al verla en tus manos, parecía dócil e indefensa, entonces.

La apoyaste en la ventana, la soltaste con firmeza, empujándola hacía el exterior, y voló, arrancándome un suspiro de alivio, que me dejó mareada.

Una vez repuestos, buscamos en internet, posibles significados, de las palomas, que se cuelan en las casas.

Llegamos a la conclusión de que simbolizan el espíritu, y lo que era evidente es que el espíritu, necesita libertad, porque cuando se siente encerrado, se vuelve loco, y se da cabezazos por todas partes.

Una cosa me quedó clara, al igual que mi alma encontró la libertad, junto a la tuya, esta mañana, yo estaba aterrorizada, y tu volviste a ser un héroe, para mí.

Siempre me rescatas, de todos mis temores.

Esta noche, que no estás, duermo con las persianas bajadas, y te echo de menos. Pero no estoy triste, ni me avergüenza mi debilidad.

Nuestras virtudes, y nuestros defectos, encajan, como en un puzzle infinito, y perfecto.

7.6.06

Parque temático



Me estabas explicando que Penélope Cruz estaba sentada en el primer banco del parque, vestida de mimo, en Abre los ojos, cuando Noriega bajó del coche, con su cara deforme, y se acercó corriendo.

- Justo por aquí

- Sí, ya me acuerdo

- Y llovía, y ella estuvo parada, tanto rato.

- Pero esas piedras ¿no salen verdad?

- Me parece que no

- Espera, hay una placa, voy a ver que son

- ¿Qué son?

- Son del muro de Berlín

- ¡Joder!

- Pues eso digo yo... Joder, las cosas que hemos visto.

2.6.06

La Casita del Príncipe



Anoche la loba me dejó ser madre,
Y yo la dejé ser loba, por un instante.

Al amanecer recorrimos juntas el bosque,
Desnudas, y a cuatro patas.

Me sangran las palmas de las manos,
Me sangran las plantas de los pies.

Pero soy un animal, así que ni pienso darle importancia.