La buhardilla de Chamartín




11.6.06

Quedó su hueco en la estantería



Hacía unos minutos que estábamos despiertos, pero todavía no nos habíamos movido de la cama, perezosos, cuando escuchamos un fuerte aleteo, y un golpe, estrepitoso.

¡Ha entrado una Paloma en casa! Grité. Y nos levantamos de un salto, como si en nuestro comedor acabara de aparecer el mismísimo diablo.

Ni rastro del pájaro en la primera inspección, sólo, eso sí, una pequeña cagada en el suelo, reciente y amenazante, que hizo que mi corazón empezara a palpitar a mil por hora.

¿Se habrá ido? ¡No, mira, está ahí!

Efectivamente, ahí estaba, sentada en la estantería, entre las películas, como cuando E.T. intentaba camuflarse entre unos peluches, protagonizando uno de los momentos más surrealistas, que he vivido, hasta ahora.

Al volverla a mirar, sin llegar a entenderlo, sentí ganas de gritar, y de llorar a la vez. ¡Una paloma en mi casa! No podía creerlo, ni tampoco controlar el miedo, que me iba subiendo caliente, por el estómago.

La asustaste con una palmada, y la paloma voló, hacía la ventana, pero no calculó bien la distancia, y se golpeó contra la pared. Parecía que estaba atrapada en el hierro de la cortina, aturdida, y en ese momento, pensé que si se partía un ala, delante mío, seguramente iba a desmayarme.

Todavía tuvimos que presenciar unos aleteos más, golpes de una pared a otra, ninguno de los dos estábamos dispuestos a tocarla, así que la situación empezaba a ser desesperante.

Por suerte habíamos encerrado a tiempo a la mona-pantera en la habitación, porque si no, el desastre, habría alcanzado proporciones insospechadas.

Se me ocurrió ir a picar a la vecina, para que nos ayudara a sacarla de casa, ella tiene varios pájaros, y mucha mano con los animales. Pero, como era de esperar, no contestó al timbre. No estaba en casa.

Cuando volví, y te lo dije, la Paloma seguía allí. Le acercaste el palo de la escoba, y volvió a volar en círculos sobre nuestras cabezas (que escalofríos al sentir cerca el batir de sus alas) y cayó entre el hueco de la pared y la pecera. En medio de una decena de cables.

¡Justo donde no quería que se pusiera! Gritaste. Y yo también grité de nuevo, aterrada, pensando que no iba a poder dormir nunca más en la buhardilla, donde había muerto una paloma electrocutada.

Te acercaste de nuevo con la escoba, pero con más suavidad. Sube bonita, le dijiste, y sorprendentemente, la paloma se posó en el palo, como aceptando tu ayuda, para escapar.

Parecía que lo ibas a conseguir, pero cayó a medio camino hacía la ventana.

Se quedó quieta en el suelo, mirándote, y me pediste que acercara un trapo.

Yo te obedecí, nerviosa, pero a la vez, presintiendo, que una vez más, ibas a salvarme. Y en efecto, así fue.

Cogiste la paloma con el trapo, y ella no puso resistencia. No me dio miedo al verla en tus manos, parecía dócil e indefensa, entonces.

La apoyaste en la ventana, la soltaste con firmeza, empujándola hacía el exterior, y voló, arrancándome un suspiro de alivio, que me dejó mareada.

Una vez repuestos, buscamos en internet, posibles significados, de las palomas, que se cuelan en las casas.

Llegamos a la conclusión de que simbolizan el espíritu, y lo que era evidente es que el espíritu, necesita libertad, porque cuando se siente encerrado, se vuelve loco, y se da cabezazos por todas partes.

Una cosa me quedó clara, al igual que mi alma encontró la libertad, junto a la tuya, esta mañana, yo estaba aterrorizada, y tu volviste a ser un héroe, para mí.

Siempre me rescatas, de todos mis temores.

Esta noche, que no estás, duermo con las persianas bajadas, y te echo de menos. Pero no estoy triste, ni me avergüenza mi debilidad.

Nuestras virtudes, y nuestros defectos, encajan, como en un puzzle infinito, y perfecto.