La buhardilla de Chamartín




19.7.06

Con alevosía y nocturnidad (cuentito de invierno, para el calor)



El viento sopla tras los cristales, forma remolinos, aúlla, imparable, insaciable. Sandra no recuerda haber vivido antes una noche tan fría. Pero en casa se está tan bien, con su calefacción, su pijama, su taza de té, aunque sus ventanas crujen, retumban, todo el edificio se estremece como si fuera el castillo del Conde Drácula.
Sandra no quiere pensar en eso, pero no puede evitarlo.
¿Eres miedosa?
¿A qué tienes miedo?
¿A una mano caliente acariciándote la nuca?
Miedo al tacto ajeno, extraño, pegajoso. Miedo y expectación a partes iguales.
Las horas avanzan, más rápido que nunca. Sandra siente el ambiente enrarecido, pero lo achaca al tabaco. Sandra siente también un cosquilleo que le recorre el espinazo, pero lo atribuye a la teína, que la pone nerviosa.
Antes de ir a dormir se mira en el espejo de la entrada, tiene las mejillas coloradas, sus ojos brillan en la oscuridad, y esto la inquieta más todavía.
Presiona el interruptor, la luz no funciona, recorre el largo pasillo a oscuras, palpando las paredes, el corazón bombea fuerte, el viento susurra, sus movimientos son tan torpes, pero igualmente alcanza la cama. Se escurre entre las sábanas, tapada hasta el cuello.
Lentamente la luna ilumina suave la habitación. Insomnio. Una noche más.
A Sandra le gustaría soñar con vampiros. Se pregunta si existirá realmente un vampiro violador.