La buhardilla de Chamartín




24.9.06

Diciembre 2003



Él dijo:


Recuerdo aquella mañana de diciembre, día de san Esteban, yo cojeaba como nunca, tu estabas iluminada como siempre que llegas a esa ciudad, que tendrá?. Supongo que ya lo sabemos. Caminábamos y caminábamos, sin parar, bueno yo me arrastraba como podía, pero quien me lo impedía, una vez cometida la locura pues a disfrutarla. Llovía, estaba nublado, como casi siempre, y tu me aguantabas el paraguas como podías, siempre sonriendo, aunque el frío se encargaba de que tu sonrisa se quedara congelada, que bonito, las sonrisas congeladas. Nuestro destino era aquel cementerio, donde me encantaría quedarme cuando no pueda ver este mundo, nuestro mundo. Decidimos entrar y decidimos buscarlo, confundidos disfrutamos de todos los nombres leídos y de esas tumbas magistrales donde no te da miedo entrar ni quedarte. Encontramos a otros que buscaban lo mismo, yo les quiero indicar y tu no me dejas hacer el ridículo, claro está ellos no hablan nuestro idioma. Cada vez más cerca, pero donde coño estás?. Que lío, esto parece un laberinto, el frío penetra en mi cara, en mi boca, en mi nariz y como no, en mi pie desnudo, mi pie resentido, pero me siento cada vez mejor, y por fin lo encontramos, que maravilla, siento la paz, tu también. Y en ese instante decidimos cambiar el rumbo, decidimos querernos eternamente, decidimos regresar algún día para quedarnos, decidimos ser nosotros dos, formar un ser único y dejar esos anillos que significaban tanto pero que creímos que en ese lugar harían su mejor función, perderse por París para algún día encontrarlos, eso eso, porque no, porque no poder encontrarlos algún día en alguna pareja de amigos nuevos, o de alguien que lo lleve en su dedo, y nosotros confesar nuestro plan, seria genial, confieso que fuimos nosotros los culpables de vuestro amor, de aquella pareja que se encontró en ese lugar donde tú y yo decidimos empezar de nuevo. Te quiero mucho.

Ella dijo:


Regresamos unos meses después, y los anillos ya no estaban. Puede que alguien en este momento lleve puesto uno, quizá regaló el otro, como tú a mí, como yo a ti. Como aquella mañana soleada en que los dos decidimos hacernos el mismo regalo y la misma pregunta.
Y podríamos pensar que fue una coincidencia, pero no hay lugar para la casualidad cuando el sentimiento del otro es un espejo, cuando al mirarte dejo de sentirme extraña.
Adquirimos un compromiso que no era el nuestro, nos equivocamos pensando que lo que hacía felices a los demás, también nos haría felices a nosotros. En algún momento nos olvidamos de nosotros, de nuestras pequeñas ilusiones, de nuestras charlas interminables de amor y películas. Nos dejamos llevar por la corriente, hasta que ésta intentó dividir nuestros caminos.
Solo así pudimos comprender que nuestro amor era más fuerte que nosotros... y de los errores aprendimos, tanto... cuando encontramos el valor suficiente para desprendernos de ellos, cuando despertamos por fin.
Recuerdo el aire gélido, los ojos humedecidos, y nuestras manos temblorosas, abandonando esas alianzas sobre el mármol. Qué paradoja, dejamos algo y recuperamos tanto en ese instante, el uno al otro, los sueños, las ganas, la sonrisa, las miradas, los abrazos de verdad, de los que hacen cosquillas. Y todo eso vino para quedarse.
Estando juntos ya lo tenemos todo, y nuestros dedos desnudos siempre estarán ahí para recordárnoslo.


Maníasmías me trajo el recuerdo